
Son aproximadamente las 6:45 de la mañana. Hace un rato que estoy sentada frente al monitor, tratando de dejar escapar las líneas que crecen entre mis cabellos y mi frente. Innegable es el hecho de que el cerebro humano tiene unos componentes llamados neuronas; pero lo cierto es que a veces me pregunto si basta tan sólo con que estas hagan sinapsis y conecten. A veces lo básico nace más allá que desde la mente, y hasta hay quienes dicen k lo más básico del ser humano no nace del corazón, sino de la guata, lisa y llanamente.
¿Será entonces que el amor es cuestión del estómago, y no del corazón? ¿Y qué hay de todas esas mujeres, como la mujer chilena, abnegada, (esa que con la misma gracia con que hace un caldillo de congrio, también soporta, y fomenta muchas veces, el machismo del “mono” chilensis), esas mujeres que juran positivamente que al hombre se le conquista por el estómago, y luego por el corazón? ¿Estará equivocada semejante cultura en torno al cortejo nacional? La respuesta no la tengo yo, la tienen, probablemente, miles, y millones, de mujeres que han hecho de la conquista estomacal de sus amantes, un verdadero arte.
Pero divago; no es este el tema del que quiero hablar, hoy al menos. Empecé preguntándome de dónde vienen los pensamientos más básicos de un ser humano. Ya se sabe que dicen los estudiosos del tema, los sentimientos más profundos, los pensamientos más básicos, parecen provenir del estómago... pues si de allí provienen, que se hagan presentes, como a la hierba se le presenta a veces el rocío... como de la nada a veces se presentan personas en la vida, que tienen el poder de cambiarlo todo... de hacer que de un país se salte a otro, de ver una gris ciudad conozcamos el otro lado de la moneda... que los pensamientos vengan, y se hagan líneas, y versos, y pensamiento puro; que invocarlos es tan sólo el primer paso, para una odisea que se divisa colorida, importante, y necesaria.
Soy una chica de 29 años, que vive en la Región Metropolitana de un país llamado Chile. He vivido toda mi vida en Santiago, pero conozco algunos lugares del Sur, y Norte del país. En algún momento se dará que escribiré de mis vivencias por esos lares dotados por Dios de una extraordinaria belleza. Fotos tampoco faltarán, porque no es lo mismo apreciar el atardecer en una playa de La Serena, que el amanecer en un pueblito de Chiloé... menos aún si atravesamos el Canal de Chacao en transbordador, mientras se pueden ver aquí y allá los cisnes de cuello negro. Pero no es eso lo que me trae... aunque todo eso es parte de la historia.
Mi álbum familiar no se parece a otros que he visto. He visto álbumes pródigos en material histórico y gráfico, en los que algún matrimonio, nacimiento, o momentos del día a día eran homenajeados. Conozco los típicos álbumes blancos “mi nacimiento”, con el típico bebé blanco y sonrosado de ojos extrañamente verdes, en casas de chilenos, cuya única blancura reside en el humor vítreo de sus ojos... y los siempre omnipresentes álbumes de cartón frágil que vienen de regalo con el revelado de las fotos...
Como sea, mi álbum familiar es pequeño, poco surtido. Cierto es que pululan por los cajones otros álbumes pequeñitos, pero ninguno es apreciado como el álbum familiar. En él se han depositado fotos de mi tierna infancia, así como también fotos de un padre que pareciera un general en retiro del ejército, por lo cuadrado y corto de mente, (sin querer ofender a ningún general) además de una que otra foto con la imagen de mi madre, en distintas épocas de su vida. De niña he ido a una iglesia protestante a la que he asistido regularmente en compañía de mis padres; y una de las festividades en las que más me tomaron fotos, ha sido en navidad. Vestidos azules, vestidos blancos, zapatitos de charol y cursilísimos calcetines doblados a la altura del tobillo y con odiosos bordados... así pasaron navidades tras navidades... que hoy son un recuerdo de uno de esos momentos que la mente a esa edad no atina a fechar y memorizar... y que han pasado desapercibidos hasta que un día el propio protagonista mira detenidamente.. y comienza a recordar.
Quizá estoy escribiendo demasiado para ser la primera vez que subo algo a este blog. Otras veces he intentado tener uno, pero no he podido, quizás porque he asumido esta tarea interna escribiendo de cosas que no funden mi corazón como si de la lava más ardiente se tratara. Estoy empezando a creer que el ser humano no hace bien las cosas, hasta que las hace porque las desea obstinada, apasionadamente. El hecho es que este es el primer texto de muchos que vendrán... porque este sólo corresponde a un prólogo algo desvaído, ya que proviene de una memoria de cuando yo tenía dos o tres años. Y es que en la foto en cuestión estoy mirando, con una cara de lela desusada para mi edad, al primer chico que me gustaría en la vida. Y si bien de hombres no será lo único de lo que quiero hablar, quien diga que el amor no es tema para un blog, o llegó tarde a la repartición de sentimientos, o definitivamente habrá tenido alguna muy mala experiencia en los terrenos del “corazón”, por decirlo meramente así.
¿Será entonces que el amor es cuestión del estómago, y no del corazón? ¿Y qué hay de todas esas mujeres, como la mujer chilena, abnegada, (esa que con la misma gracia con que hace un caldillo de congrio, también soporta, y fomenta muchas veces, el machismo del “mono” chilensis), esas mujeres que juran positivamente que al hombre se le conquista por el estómago, y luego por el corazón? ¿Estará equivocada semejante cultura en torno al cortejo nacional? La respuesta no la tengo yo, la tienen, probablemente, miles, y millones, de mujeres que han hecho de la conquista estomacal de sus amantes, un verdadero arte.
Pero divago; no es este el tema del que quiero hablar, hoy al menos. Empecé preguntándome de dónde vienen los pensamientos más básicos de un ser humano. Ya se sabe que dicen los estudiosos del tema, los sentimientos más profundos, los pensamientos más básicos, parecen provenir del estómago... pues si de allí provienen, que se hagan presentes, como a la hierba se le presenta a veces el rocío... como de la nada a veces se presentan personas en la vida, que tienen el poder de cambiarlo todo... de hacer que de un país se salte a otro, de ver una gris ciudad conozcamos el otro lado de la moneda... que los pensamientos vengan, y se hagan líneas, y versos, y pensamiento puro; que invocarlos es tan sólo el primer paso, para una odisea que se divisa colorida, importante, y necesaria.
Soy una chica de 29 años, que vive en la Región Metropolitana de un país llamado Chile. He vivido toda mi vida en Santiago, pero conozco algunos lugares del Sur, y Norte del país. En algún momento se dará que escribiré de mis vivencias por esos lares dotados por Dios de una extraordinaria belleza. Fotos tampoco faltarán, porque no es lo mismo apreciar el atardecer en una playa de La Serena, que el amanecer en un pueblito de Chiloé... menos aún si atravesamos el Canal de Chacao en transbordador, mientras se pueden ver aquí y allá los cisnes de cuello negro. Pero no es eso lo que me trae... aunque todo eso es parte de la historia.
Mi álbum familiar no se parece a otros que he visto. He visto álbumes pródigos en material histórico y gráfico, en los que algún matrimonio, nacimiento, o momentos del día a día eran homenajeados. Conozco los típicos álbumes blancos “mi nacimiento”, con el típico bebé blanco y sonrosado de ojos extrañamente verdes, en casas de chilenos, cuya única blancura reside en el humor vítreo de sus ojos... y los siempre omnipresentes álbumes de cartón frágil que vienen de regalo con el revelado de las fotos...
Como sea, mi álbum familiar es pequeño, poco surtido. Cierto es que pululan por los cajones otros álbumes pequeñitos, pero ninguno es apreciado como el álbum familiar. En él se han depositado fotos de mi tierna infancia, así como también fotos de un padre que pareciera un general en retiro del ejército, por lo cuadrado y corto de mente, (sin querer ofender a ningún general) además de una que otra foto con la imagen de mi madre, en distintas épocas de su vida. De niña he ido a una iglesia protestante a la que he asistido regularmente en compañía de mis padres; y una de las festividades en las que más me tomaron fotos, ha sido en navidad. Vestidos azules, vestidos blancos, zapatitos de charol y cursilísimos calcetines doblados a la altura del tobillo y con odiosos bordados... así pasaron navidades tras navidades... que hoy son un recuerdo de uno de esos momentos que la mente a esa edad no atina a fechar y memorizar... y que han pasado desapercibidos hasta que un día el propio protagonista mira detenidamente.. y comienza a recordar.
Quizá estoy escribiendo demasiado para ser la primera vez que subo algo a este blog. Otras veces he intentado tener uno, pero no he podido, quizás porque he asumido esta tarea interna escribiendo de cosas que no funden mi corazón como si de la lava más ardiente se tratara. Estoy empezando a creer que el ser humano no hace bien las cosas, hasta que las hace porque las desea obstinada, apasionadamente. El hecho es que este es el primer texto de muchos que vendrán... porque este sólo corresponde a un prólogo algo desvaído, ya que proviene de una memoria de cuando yo tenía dos o tres años. Y es que en la foto en cuestión estoy mirando, con una cara de lela desusada para mi edad, al primer chico que me gustaría en la vida. Y si bien de hombres no será lo único de lo que quiero hablar, quien diga que el amor no es tema para un blog, o llegó tarde a la repartición de sentimientos, o definitivamente habrá tenido alguna muy mala experiencia en los terrenos del “corazón”, por decirlo meramente así.

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